Escuché Pasos En La Escalera Y Supe Que Debía Huir-nganha

Recién salida del parto, me fui a hacer la cuarentena a la casa de mi suegro… y a la tercera noche empecé a temerle más al sonido de sus pasos en la escalera que al silencio.

Lo peor no era lo que hacía.

Era lo que mi cuerpo parecía saber antes que mi cabeza.

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Mi esposo trabajaba en Monterrey, en construcción. Se iba semanas enteras y volvía cuando podía, con el sol pegado a la piel, cemento en las uñas y esa mirada de hombre que siempre llega con una disculpa escondida aunque nadie se la pida. Cuando entré en labor, él no estaba conmigo. Yo llevaba dos días sintiendo el cuerpo extraño, como si las caderas ya no me pertenecieran. La lluvia había empezado desde la madrugada y no soltó en todo el día.

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Di a luz en un hospital público de Guadalajara, en septiembre, cuando el agua cae con una insistencia que parece personal. Recuerdo el ruido de las llantas sobre el pavimento mojado cuando me llevaron en taxi. Recuerdo una mujer llorando del otro lado de una cortina. Recuerdo el olor a cloro, sudor y metal. Recuerdo haber pensado, en medio del dolor, que el mundo no se detenía ni siquiera cuando una estaba a punto de partirse en dos.

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Mi esposo me llamó justo antes de entrar al área de partos.

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